miércoles, 6 de junio de 2012

Oupen yur mainds


Bien, aparentemos claridad de ideas:

¿Qué es una bomba atónita? Las bombas atónitas son parte de uno mismo a partir del momento en que te estallan en la jeta, e inmortalizan una chamusquina de ficción (cada cual se reserva el derecho a calificarla de terrorífica o no, pero suelen serlo) incrustada en el epicentro de la vida real de un sujeto. De tal modo, que por mucho que intente eliminarla a base de lavados cinefagos de variada ficción no traumatizante, siempre se mantendrán en la parte más oscura de su imaginación, dando igual lo sobrado (o no) que se ande de visionados.

Esa sería la hipotética e incomprensible definición de la RAE (no se a que esperan para incluirla),  pero aquí no estamos hablando de entender conceptos, sino de crear y resucitar vivencias. Quiero dejar de manifiesto que las bombas atónitas han regalado al común de los individuos experiencias virtuales tan interesantes como los siguientes ejemplos listos para aplicarlos a cualquier particular: ‘Freddy Kruegger’ saliendo de tu caldera, ‘ET’ probándose la ropa de tu hermana, ‘Gremlins’ saliendo de la lavadora, ‘Sloth’ comiéndose un helado cuando hay que bajar al sótano a cogerlo, el ‘Tiburón’ mordiéndote una pierna mientras tus padres reservan paella en el chiringuito de enfrente, o a la mismísima ‘Sadako’ (Aka: niña chunga de ‘The Ring’) interrumpiendo la teletienda nocturna una agradable noche de Verano de esas que te gusta quedarte hasta tarde… Nadie se libra.

La intención de este blog es dejar constancia atónita en la gente de que nunca hay que olvidar el verdadero efecto del cine en la comprensión humana, recordándole por el camino, que es en ese punto donde nace el verdadero amor por el séptimo arte. El atonicismo generalizado también existe, por supuesto, pero es en esas pequeñas experiencias particulares que todos hemos tenido alguna vez de puertas adentro, en donde el hecho de ver películas adquiere un sentido total e incuestionable como parte de la vida que consideramos real.

Por todo ello, en este espacio se pretenderá dar igual cabida a todo lo relacionado con el celuloide desde el sentido más puro de su propia experiencia. Aquí no habrá ningún tipo de complejo ni parámetro que venga de fuera, nos gusta el cine y punto. Todas las películas son buenas por el mero hecho de existir y todas tienen capacidad para atonizar a alguien de cualquier edad en cualquier lugar del planeta, ‘Los Masters de Universo’ pueden influir lo mismo en un niño, que ‘El manantial de la doncella’ en un adolescente, y eso no hay quien lo discuta ¿Por qué? Tendréis que seguir leyendo para averiguarlo.




                                      
                                        

lunes, 7 de mayo de 2012

Me gusta el cine. Parte I

Una noche, allá por los ochenta, me desperté con un sopor incunable y vi delante de mí la imagen más terrible que un chaval que use la palabra ‘incunable’ pueda imaginar: un vampiro morado de trapo me miraba desde lo que parecía ser una proyección panorámica, y lo hacía tan fijamente, y desde una imagen tan nítida, que aun hoy no me atrevo a calificar esta visión de sueño. Fue la primera bomba atónita de mi vida.

Aquel vampiro colmicorto, por desgracia me era más reconocible de lo que hubiera deseado. Merendando a deshoras me había enseñado a contar truenos (ya ves tú), de forma inocente y terrible mientras veía ‘Barrio Sésamo’, un programa que sin tenerlo planeado siempre acababa viendo (o soñando, a día de hoy aún lo dudo). Ahora, ese maldito vampiro cuyos sarcasmos nunca había acabado de entender (si acaso eran sarcasmos y no crueldad extrema), me hablaba con el tono relajado de quien acaba de ponerse un copazo para él solo, no recuerdo nada de lo que me decía, pero sí que por mucho que me abrillantara los ojos, la imagen no desaparecía.

Siempre he tenido la sensación de que le encantaba cebarse con mi petrificada situación de terror, aunque puede que me equivoque, y realmente quisiera ayudarme, nunca lo pensé, yo me meaba de miedo con su ‘naturalidad’, habrá más de uno que me califique de cobarde por esto, pero me gustaría verle con una ficción de trapo enfrente suyo hablándole con tono paternalista… No estoy muy seguro, pero creo que la situación se repitió al menos otras tres o cuatro veces, con diferentes pijamas eso sí.

Aquella experiencia me ha perseguido durante toda la vida en forma de recuerdo inalterable que nunca lograré manifestar con la gravedad que debería. Hoy en día ya lo tengo asumido como algo que siempre recordaré a medias y que jamás tendré el valor de contarle a mis hijos (que quede entre nosotros), pero durante un tiempo tuve que asimilar, que aquello me gusto igual o más de lo que le puede gustar a alguien la sensación de peligro que se tiene haciendo ‘puenting’ o toreando rinocerontes, el terror era real, y siendo así, en teoría no tendría porque pretender recuperar aquella terrible sensación, pero el caso es que el hecho de vivir algo tan intenso y fugaz nunca dejo de parecerme estimulante.

Antes de aquello, sólo recordaba una cosa que me había proporcionado una sensación parecida: Ver los Goonies. Tal vez por eso me guste tanto el cine.

Continuará…